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Las gemelitas, leyenda o…

El Camino de Santiago está lleno de historias, cuentos, oraciones y leyendas que los peregrinos van transmitiendo de generación en generación. Estas historias se cuentan al amor de la lumbre en las noches de frío, o bajo las estrellas en las cálidas noches de verano. La gran mayoría se ha almacenado en manuscritos en Monasterios por toda España, el mas famoso de ellos es el Codex Calixtinus o Códice Calixtino de Aymeric Picaud. Se da la coincidencia de que este es el famoso códice que se custodiaba en Santiago de Compostela y fue robado el 7 de julio de 2011. El libro aún no ha aparecido, y corrió el rumor de que el ladrón lo devolvería bajo secreto de confesión…

Muchas de estas historias hablan de los milagros del Santo, y al estar recogidas de una tradición oral, en su mayoría se dan distintas versiones y más de una localidad reclama para sí sucesos y milagros. Otras comentan historias y leyendas, sobre compañerismo, amistad y respeto en el camino. Otras son de miedo, o de terror, sucesos sin explicación o con ella.

Uno de las historias más comentados en la zona, y que nadie afirma ni desmiente, es uno que habla de dos mujeres iguales, dos gemelas que ayudan en su camino a las almas solitarias. Dicen que pasean por las carreteras y sendas del Camino, seleccionan entre los peregrinos a aquellos que viajan solos, y entre ellos los que mas solos están en el mundo, a aquellos a los que nadie echará de menos.

Con cariño y delicadeza acompañan a los caminantes y les ofrecen comida y descanso…

Se rumoreaba, que un peregrino belga con ascendentes gallegos, quiso hacer el camino para estar cerca de sus antepasados, aquellos que nunca conoció, pero que le dieron sus rasgos, su color de piel y un tic que tenía al andar que recordaba al de Charlot, cuando levantaba el tacón, como para golpear el aire que le perseguía. Eric se había propuesto esta gran aventura como la última, la definitiva. Había vendido su casa y donó un 10% a un albergue de su pueblo, y decidió que compraría una casa en la tierra de los gallegos, para descansar allí.

En la mitad del camino, agotado, comía en una posada un guiso de patatas con jamón seco y bebía vino casero, muy áspero y alcohólico. Soñaba con llegar, con entrar en la Plaza de la Catedral, arrodillarse y llorar de felicidad o de agotamiento.

Pagó y continuó, todo sin percatarse de que dos mujeres con aspecto de locales le habían estado observando sin perder detalle. Al rato pagaron y comenzaron a seguirle. No les costó darle alcance, le saludaron y enseguida estaban intimando. Le ofrecieron casa caliente y seca, eso le sonó a gloria, necesitaba dormir y la humedad calaba sus maltrechos huesos. Horas después habían cenado bien, hablaron y él con discreción solicitó que le indicaran dónde estaba su cama. Poco después dormía feliz y caliente en una maravillosa cama con colchón de lana de primera calidad. Un ruido le despertó en mitad de la noche y escuchó a las mujeres charlar, luego descubrió que discutían. Una de ellas quería matarle ya, la otra prefería esperar a la mañana siguiente, quería comprobar algo. Asustado se vistió sigiloso, salió de la habitación y bajó unas escaleras, esperando encontrar una salida. Lo que halló fue la bodega de la casa, encendió una luz y tuvo que contenerse para no chillar, no gritar. No era posible, sus ojos le engañaban, no podía ser, aquello era…

Una de las hermanas se calló, y posó uno de sus dedos en los labios de la otra, le parecía haber oído un chasquido y luego algo parecido a un lamento ahogado. Al no escuchar nada más siguieron su acalorada discusión.

Una gran colección de manos y pies flotaban en grandes botes de cristal, las etiquetas desvaídas recordaban que estuvieron llenas de espárragos cojonudos. Eric miraba los botes nervioso, asustado, preocupado. Cada etiqueta tenía el nombre y apellidos de sus dueños, y una fecha. Las fechas no cuadraban, había restos de los últimos 200 años. Un fuerte golpe en su cabeza le hizo caer a plomo, y después, negro…

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