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El loco. Las gemelitas II

En las historias del camino, los finales son de una manera u otra dependiendo de quien sea el que lo cuente. De hecho se han escuchado finales diferentes de la misma historia, incluso de esta, pero realmente sólo existe uno, éste.

Llueve en un pueblo de las Rías Baixas, no diré el nombre, el acuerdo era éste, él me daba la exclusiva de su historia y yo no revelaba datos que pudiesen afectar a su seguridad. Llevaba cuatro días lloviendo, realmente siempre llueve en esta zona, pero nunca te acostumbras. Apoyado en el quicio de la ventana, Eric levantó la vista, como buscando algo en el horizonte, una respuesta o una salida. Tantos años después no había logrado superarlo.

“Desperté en medio del bosque, cubierto de helechos, desorientado y con un fuerte dolor de cabeza. La herida del golpe me dolía, pero ya estaba cicatrizada. Con dificultad me levanté y deambulé por aquellos montes con la boca seca y desorientado. De repente tropecé con un bulto grande y caí al suelo, lo toqué y estaba muy viscoso, mis manos estaban cubiertas de sangre.” Se giró y me enseñó las manos como tratando de convencerme, parecía estar asustado. “Limpié su rostro con unas hojas, mi sorpresa fue mayúscula, era una de las gemelas, y no me costó reconocer a la que me había defendido. Con prisa busqué en los bolsillos y no encontré nada, solo una medalla de Santiago con dos iniciales en su reverso. Cogí la medalla y caminé todo el día. Llegué hasta la carretera, y caminé sin rumbo. Mi imagen sucia, con las manos llenas de sangre, desorientado… No tardó en aparecer la Guardia Civil. Tras varias horas de declaración, fuimos a buscar el cadáver, no lo encontramos. Buscamos la casa donde me tuvieron retenido, no apareció. Preguntamos por las gemelas en la zona donde las encontré, nada. Las pruebas de la sangre que llevaba encima, dieron como resultado que era sangre de animal, posiblemente de cordero.” Se encogió e hombros, demostrando que no entendía nada… “Yo no me lo inventé”

Charlamos una hora más mientras me daba datos y ampliaba los detalles de su relato. Al atardecer nos despedimos y me dirigí paseando a la estación de Feve. Un camino cubierto de hojarasca llevaba al apeadero de los ferrocarriles de vía estrecha. Distraído pensando en todo lo que Eric me había contado miraba a la gente que bajaba del tren, un paisano con un cigarrillo apagado en la boca, dos estudiantes y un par de mujeres.

Las señoras caminaban juntas, vestían de forma idéntica, y se dirigían con paso firme a la aldea. Se perdieron al final del camino, pero había algo que llamó mi atención, una de ellas tenía un tic al andar que recordaba al de Charlot, cuando levantaba el tacón, como para golpear el aire que le perseguía… Era idéntico al que tenía Eric… Dos gemelas… Eric estaba en peligro…

Corrí a la casa, pedí ayuda pero nadie respondió. Llegué a la casa, la puerta estaba abierta.

Eric estaba sentado en una silla frente a la ventana, su cabeza colgaba hacia un lado. Grité desde el otro lado de la habitación, se giró lívido. “Eran ellas” dijo. “Me han dado esto” Me enseñó una caja de esas de hojalata con colores apagados, estaba llena de fotografías y cartas.

“Es la historia de mi vida”

Salí de la habitación y volví sobre mis pasos a la estación, aún no se que pasó, pero es a es la verdad.

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