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El monstruo

Parece que la lavadora va a despegar, y la mía, que conste que no es la única. Parece como si todas las lavadoras del mundo, cuando tienen un tiempo prudente de uso, y están en pleno programa de centrifugado, parece como si quisieran salir corriendo de la cocina, y al terminar, por razones que no manejo, vuelven siempre a su cajón.

En eso, algunos seres humanos somos muy parecidos a las lavadoras, vamos lavando, rumiando, dando vueltas, nos vamos cargando. Por eso cuando llega el momento del centrifugado nos ponemos a tope y hasta que no hemos sacado todo el agua no volvemos a nuestro cajón. Que nadie busque aquí ninguna similitud que yo no haya pensado ya, que este es un texto blanco, hecho en horario infantil.

Y si yo no me aguanto, cómo se supone que me van a soportar los demás. ¡Tela!

Como ejercicio para conocerse, la frase anterior es un excelente punto de partida. Para caer bien, para estar mejor en nuestro ambiente, para los altos, para los bajos, para ellos, para ellas, para todos. No puedo pretender que se traguen mis arranques y que además me sonrían.

Las manías y tonterías son de uno, personales e intransferibles. Pero si nos empeñamos, podemos conseguir ceder en herencia algunas de ellas, y eso no. ¡No puedo con determinados ruidos! Sobre todo no soporto los que se hacen al comer, es muy fácil no hacerlos, pero se hacen. Los que más han coincidido conmigo lo saben, y los que han convivido lo han sufrido. Lo que no me perdonaría es que por mi manía, heredada por cierto, a alguno de mis hijos les desquiciase la gente que, al comer patatas fritas, parece que en vez de boca tienen una cueva y todo retumba… O los que se tragan la mitad del aire de la habitación con la sopa, ¡Queremos respirar! O ¿Qué esperan encontrar los que muerden el tenedor o la cuchara? ¿Oro? O nuestros mayores, ¡pobres! ¡Me ponía de los nervios algún abuelito castañeteando con la piñata postiza! Cris, cros, cris… Ahora la verdad es que me encantaría oírlo, sólo un ratito.

Posiblemente la culpa la tuvo el Burro Pedro. A principios de los 80, había un burro en un pueblo de la sierra, cerca de Madrid, donde mis padres tenían un chalet. Pedro, que así le llamábamos, gustaba de acercarse al murete para ver qué le dábamos de comer los niños, un trozo de bocadillo, unas palomitas, algún caramelo de tofee y mala leche… Pero lo que más nos divertía era darle kikos. Qué maravillosa escandalera, cómo le gustaban los kikos a Pedro. A mí el ruido del burro comiendo kikos no me molestaba, porque ni puede ni sabe, el problema es de los que pudiendo comer como humanos prefieren hacer ruido como Pedro…

De aquellos años son las rodillas llenas de heridas y costras, los barriles de mercromina, las tardes con Marimar y Marinieves (jejejé), los paseos en bicicleta a tirarnos por la cuesta de la muerte, o al Puskas a por más kikos, los aperitivos del chalé de los abuelos con sus porrones de cerveza y Casera. Aquellos baños en la piscina en verano, el poncho toalla o la toalla poncho, aquellos bañadores de lycra más pegados de lo que me gustaría… Los bocadillos de chorizo de Pamplona y sus variantes, el R12 ranchera verde botella, los gusanos de seda, los deberes de verano, las clases de inglés con Maica, aquella niña que parecía una panocha “esponjita”, Josito un niño horrible que disfrutaba estrangulando animalitos, la bota de cuero de las ZZZ a la que de vez en cuando le dábamos algún trago sordo, o el tonel de Casajuana que el Abuelo Paco guardaba en el garaje y que ya con 15, 16… y con la ayuda de una manguera le dábamos algunos chupetones.

Cualquier tiempo pasado fue mejor, o no. Como es una frase hecha, tiene todos los fallos del mundo y parte del extranjero. Para mi cualquier tiempo pasado no fue mejor, de hecho creo que estoy empezando a estar en mi mejor momento. A parte de físicamente, que estoy bien, mental y anímicamente. Lo pasado, pasado y bien está allí. Salvo los amigos, la gente que merece la pena, los que están y los recuperados, los reales y los virtuales…

¡Qué paz! El centrifugado ha terminado ya, creo que el silencio que invade la cocina me dejará pensar con claridad. Ahora toca pelearse con el monstruo, no con el que llevamos dentro, todos, sino con el monstruo de los calcetines. Se que he metido 16 calcetines, 8 pares, iguales 2 a 2. Pues ya verás, como en el recorrido que va de la lavadora al tendedero, del tendedero al cesto, del cesto al sofá, cuando los empiece a emparejar, a doblar y hacer sus pelotas… ¡Falta alguno! Coño con el monstruo de los calcetines, un ser insaciable, abominable e insociable. Y lo que sufren los pobres cuando al verse solos y sueltos en el cajón, tienen como última esperanza, que otro de sus iguales muera atravesado por la uña del dedo gordo, y deje otro huerfanito que le permita volver a tener pareja.

Pensad cuántos calcetines os faltan, Solamente.

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15 comentarios
  1. juanma dijo:

    Tu lavadora vuelve a su sitio, la de mis abuelos aparecía en medio de la cocina, justo a la distancia que le permitían los cables, era como un perro con su correa.

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  2. NP dijo:

    No te quejes de que centrifuga, de ese movimiento, de su violencia…
    Quéjate el día que deje de centrifugar!
    Porque primero inundarás la cocina, después lavarás a mano y para terminar te costará lo que no está escrito.
    Entonces, ¡la echarás de menos!
    …Como todo en la vida, de menos solamente.

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  3. Loreto dijo:

    Qué sabio, madre mía, el principio, el centro y el final….puff el final, es de tesis doctoral, yo ya tengo un cajón especial de calcetines desparejados esperando si ex-media naranja….

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  4. nieves dijo:

    Yo soy más mayor y tengo más experiencia en eso de las lavadoras móviles y he tenido más de 18 calcetines sin pareja y los he guardado durante mucho tiempo con la inútil esperanza de que apareciera alguno.
    Tu historia está narrada con mucha gracia.
    Por la parte que me toca, te pido perdón por las manías que te he podido transmitir, pero… ¡es que hay cada ruidito! Yo he cambiado mucho, o ¿me estaré quedando sorda?

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    • La herencia se compensa con todo lo demás que es mucho y de lo mejor.

      De ti he heredado la sensibilidad, la fuerza y la resistencia, la generosidad y la buena mano en la cocina. Además de esta vena artística que a buen seguro que tiene mucho que ver con ese arte que tenía el Abuelo Paco o el Tio Quino…

      Besos

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  5. Tito dijo:

    Cuántos recuerdos.
    Por cierto, hablando de lavadoras aventureras, hay un corto que se llama “Aquel ritmillo”…

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  6. Mis desparejadas o se las ha tragado la salvaje máquina, o las capturó mi perra y las enterró sólo ella sabe donde….¡A domar se ha dicho!

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  7. Yo tengo un calcetín sin su pareja desde hace… no te exagero si digo que tres años. Además no es fácil de confundir, de franjas horizontales de vivos colores. De vez en cuando sale por ahí, y lo guardo porque aún no he perdido la esperanza de que aparezca el otro.
    Ahora que lo pienso, a ver si es que están los dos por ahí sueltos y aparecen uno y otro indistintamente. Si es así, qué drama, estar tan cerca uno del otro y no juntarse. Pero mucho me temo que no.

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  8. Maripastel dijo:

    La verdad es que cuando vivía con mis padres era una verdadera pesadilla cuando llegabas a casa y mi madre había recogido la ropa de la cuerda y tocaba emparejar calcetines y medias !lo peor!. Luego de casada, emparejar los del tío Tito ha sido trabajoso sobre todo porque, además había que darles la vuelta. Ahora, digamos que he optado por hacer un outsourcing de colada y ya no me toca… Pero siempre hay alguno desparejado. Es curioso que en todas las casas pase lo mismo. Quizás se lo podríamos proponer a Punset como tema a investigar…. Mil besos desde los 38+1 día

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