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Salto al vacío

La caja roja, no la de Netslé, la de Smartbox llevaba ahí un año. Al cumplir 40 tuve muchos regalos, gracias a Dios y al fiestón que monté, que no se cumplen todos los días. Entre los útiles, los monos, los de pulsera, me cayeron dos cajitas de experiencias, una de belleza y masajes y otra de máxima emoción. Un año esperando las dos, y en tres días he tenido que hacerlo todo porque caducaban a 31 de marzo… Así es mi vida, todo para cuando toca.

La verdad es que tenía ganas de hacer algo especial, mis hermanos que me habían regalado la smartbox de máxima emoción pensaron que iba a montar en Ferrari, y a mi lo que me apetecía era saltar en paracaídas. No me daba ningún miedo, pero he ido postergando la decisión hasta que llegó el momento. No era el fin de semana adecuado, el viernes por la tarde fuimos a un Spa a O2 wellness, a canjear el primero de los regalos, después unas cañitas y a casa. El sábado tenía un encargo de Con dos Jotas, cumpleaños para 25 personas en formato de catering, todo el día preparándolo, partido de fútbol matinal de Jaime, comida en el Mc y a casa del cliente a las 18 hasta las tantas de la mañana, con algún Gintonic que me tomé a modo de relajante muscular.

Con el cambio de hora, estaba a las 8,15 de entonces en el coche camino de Lillo en Toledo, a más de 100 kilómetros de casa. Tenía prisa por llegar, no sólo porque había quedado a las 10 y ya no llegaba, sino porque tenía muchas ganas.

Como a mi no me pasa nada normal, porque es así, llegué a las 10,45 y a las 11,15 estaba camino de regreso a Madrid. No, no salí corriendo. Lo cuento.

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Después de aparcar y hacer checkin en Skydive Lillo, fui a la oficina de recepción y mientras rellenaba los documentos exculpando al Sunsuncorda si me estrapallaba, entró un primo de Mazinger Z y me preguntó que si iba a saltar, como le dije que si, me dijo:”¿tu crees que en 15 minutos podrías estar listo?, si puedes sales en el vuelo de las 11″. Esto no tendría nada de particular si no fuera porque era mi primera vez y no tenía ni idea de que había que hacer. Para colmo de males, el responsable de control le pregunta su nombre y apellidos… Otro que no es habitual, me cago.

Total, en 15 minutos estábamos en la avioneta Mazinger y yo, dos novatos más con sus monitores, una eterna soltera y el piloto. La chica era encantadora, y fue muy atenta conmigo, eso que yo no tenía mi mejor aspecto, el amarillo del mono hacía juego con el blanco de mi cara, y el gorrito de cuero tampoco ayudaba. Como piojos en costura fuimos subiendo hasta los 5.000m, si 5 kilómetros para arriba. Mientras subíamos me explicaron lo que debía hacer y un montón de cosas que no debía hacer. Llegando a lo alto comenzaron las apreturas, nos ajustamos el arnés, y me pidió que me sentase en sus rodillas. ¡Creí que nunca me lo pedirías ladrón! En vez de esto tan ocurrente me salió un “a ver si puedo”, mucho menos pro. Subido en aquel mocetón y unidos por el destino, esperamos hasta que llegó el momento. Sonó una sirena,  dejó de acelerar el motor y se abrió la puerta. ¡Coño! Menuda ósmosis hay desde aquí arriba… La chica era la primera, hizo varios gestos que los habituales entendieron y que traduje en una cordial despedida y desapareció. Literal, se esfumó.

“Nos toca” los siameses nos acercamos al filo de la nada, me echó la cabeza hacia atrás y silencio.

La luz es diferente allí arriba, la sensación de paz, libertad y conjunción con el yo y el Mazinger era total. Bajamos más de un minuto en caída libre y de repente tiró de la anilla. ¡Joder! Menudo tirón en las ingles, depilación integral. La verdad es que es doloroso estar sujeto por un arnés a 3.000m del suelo. “tengo que explicarte cómo se aterriza” ¿Ahora cabrón? ¿Es que los esteroides te han sorbido el seso? “Tienes que doblar las piernas, todo lo que puedas” Ya te veo yo venir julay. Probad a hacerlo suspendidos con un arnés, con las Ingels descacharradas a doblar las piernas y cogerlas por debajo. Era básico para aterrizar e hice lo que pude. Aterrizaje suave y de nuevo en la madre tierra.

Las sensaciones las mejores, volvería a saltar mañana, no como dice el cansino de José Mota, mañana Solamente.

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