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Sensaciones

A mi corto entender, eso es lo que hemos hecho este año, echar rosas a los cerdos.  Llevo años preguntándome porqué nos presentamos al concurso de Eurovisión, llevo años preguntándome porqué nos engañamos una y otra vez pensando que llevamos la mejor canción, a la chica más guapa, o el espectáculo más impactante o novedoso.  Read More

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Queriendo halagar a mis padres, el propietario de el Mesón Vizcayo llegando a los postres, se acercó a la mesa y les dijo: “Señora, que guapos los hijos y qué guapo el marido, claro, de buenos huevos los mejores pollos”
La referencia a los huevos y a los pollos nos encantó, somos así, ¡Qué le vamos a hacer!

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Creo que tengo dos o tres sombrillas de distintos formatos y colores. Además de que son muy incómodas de llevar, son fuente natural de conflictos y sinsabores. Además están sometidas a las reglas de la obsolescencia programada, más que los smartphones o los portátiles.

Las sombrillas han aportado mucho al mapa de las playas de España desde tiempos inmemoriales. Las hay de todos los tipos, colores y tamaños. Las hay de diseño, de publicidad, técnicas, mini tiendas, Jaimas y un sinfín de parasoles que taladran las arenas día a día.

El ciclo de una sombrilla es el siguiente, necesidad: necesito comprar una sombrilla, por los críos… Este pensamiento, lleva implícita una realidad, que es que queremos la sombrilla para escondernos nosotros debajo de ellas. Después de la fase de la necesidad, llega el momento de la elección, y aquí influyen tantas variables, como tonterías pensemos que puede hacer una sombrilla. Al llegar a la playa la primera vez, tercera fase, el montaje. Por definición, toda sombrilla es muy sencilla de montar, y teóricamente no debería requerir grandes conocimientos, salvo lo de clavarla, no todos saben meterla bien hasta el fondo.

SombrillasLa muerte de una sombrilla merece capítulo a parte. Primero se rompe la cinta que mantiene el parasol enrollado, y siempre lleva aparejada la siguiente frase: “pues sí que ha durado la mierda esta”. Pocos días después, la cinta que sirve para llevar la sombrilla al hombro metida en su funda, también se rompe, con el “¡qué porquería!” Y el consabido nudo con la cuerda que cierra la funda de la sombrilla. Salvo las sombrillas de decathlón, ninguna otra llevar reflejado la resistencia al viento, y después de perseguir en repetidas ocasiones la sombrilla mientras esta vuela como loca por la playa, cae la primera varilla y dos topes de plástico de la punta de la varilla. El final de la sombrilla está cerca, y seguramente no termine este verano.

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El otro día comentaba que tenía mucho interés en explicar aquí, la última gamberrada que he sufrido. En la vida, estamos a merced de que cualquier mindundi pueda cambiar nuestro destino, y esta vez no me refiero a estrellas metidos a delincuente, sino de abraza farolas despistados y otro tipo de cierra bares.

Una de las cosas que me ponen más nervioso es pasar la ITV. Aunque el coche este perfecto, siempre tengo la sensación de que el hombre del mono va a suspenderme. Hace no muchos días, en televisión pusieron un reportaje de investigación sobre los centros inspección técnica de vehículos, y de su “flexibilidad” en según que casos. Vamos lo de siempre, corrupción y chanchullos. Es curioso, porque siempre llega uno que dice que conoce a alguien que te la pasa por 50€.

La historia comienza el lunes por la mañana, de prisa y corriendo como siempre fui a intentar pasar la ITV. Después de la preceptiva parada en la gasolinera para comprar una bombilla de freno nueva, me dirigí al polígono industrial.

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Cuando puse ahí la hortensia, pensé que era el lugar ideal, que al abrigo del olivo crecería fuerte y segura. Que tendría la humedad suficiente, Una dosis adecuada de sol y todo el cariño y atención por nuestra parte. La planta fue creciendo poco a poco unos años más, otros menos. Cuando alquilamos la casa pensábamos que los inquilinos se ocuparían de nuestro jardín como hacíamos nosotros. Cuando el año pasado regresamos, la hortensia no estaba. En su lugar había dos palos, una V como símbolo de resistencia, y un recuerdo de la planta que hubo, que no dio muchas flores, pero a mi me gustaba.

Esta reflexión sobre la hortensia, sobre el crecimiento personal, los esfuerzos que ponemos en determinadas cosas, las perspectivas vitales… Son muy similares a las tribulaciones de cada día. Muchas veces me siento como esa hortensia, anclado en un sitio perfecto, con la dosis suficiente de agua y sol, al amparo del olivo, protegido por otras plantas. Otros pensaron en quitar esa planta, otros pasaron de ahí y lo intentaron, siempre hay un jardinero dispuesto a sanear, sin pensar hasta donde llegan las raíces.

Hoy, pese a los esfuerzos de algunos, la planta esta plagada de hojas verdes y asoma el destello de una nueva flor.

La verdad es que he intentado plantar varias cosas, varias veces. Ahí está el Acebo por ejemplo. Cuando lo planté, año tras año un vecino metido a jardinero, se empeñaba en pasar sobre él la segadora como hacía con el resto de las hierbas del “prao”. Harto de aquella situación, y después de recibir una llamada de Australia diciendo que a aquellas tierras habían llegado las raíces de un Acebo, decidí protegerlo. Construí un pequeño fortín con maderitas, y coloqué en una vara de bambú un trapo blanco a modo de señal. Jamás volvieron a segarlo. Desde entonces el arbusto mide casi un metro, es comprensible el trauma fue muy grande.

Que cada uno saque lo que quiera, que cada uno piense lo que quiera. No penséis que hay nada autobiográfico detrás, porque lo que cuento son historias reales de mis plantas, de mis intentos de plantas Solamente.

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